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SEMBLANZA DE PICHON

///SEMBLANZA DE PICHON

Dra Gladys Adamson

Es una tarea compleja trazar una semblanza de un profesional como el Dr.

Enrique Pichon Rivière.

Soy consciente que se deslizará en ella mi afecto entrañable por él que se

mantiene a través de los años, la admiración que me despierta su condición de

genio anticipatorio, mis recuerdos de su energía infatigable, su presencia

serena, reflexiva, su escucha incondicional, su carácter fuerte y obstinado

cuando de sostener un deseo se trataba.

Yo conocí a Pichon Rivière en abril de 1967 cuando me inscribí como alumna

en su Primera Escuela Privada de Psicología Social .1

Él fue el docente exclusivo de ese primer año multitudinario en plena dictadura

de Onganía. Yo cursaba la Carrera de Psicología en Filosofía y Letras de la

UBA y luego de “la noche de los bastones largos” todos los profesores habían

renunciado y la Universidad había quedado vacía.

José Bleger -quien debía ser mi profesor en el cuatrimestre siguiente- ya no

estaba, pero descubrí que era docente de la Escuela de Pichon Rivière y allí fui

tras sus huellas. Encontré más de lo que esperaba ya que E. Pichon Rivière

era su maestro.

En ese primer año me deslumbraron su posibilidad de articular conceptos

teóricos de compleja abstracción con hechos de la vida cotidiana, la autonomía

que otorgaba a cada uno en el proceso de formación a través de la técnica del

 

Grupo Operativo, la libertad de palabra -tan escasa en esos momentos-, su

rigurosidad al atenerse a los emergentes de la producción grupal que lo llevaba

por momentos a repetir casi textualmente una clase ya dada por el nivel de

dudas registradas. Su presencia constante en la Escuela, su afabilidad cuando

se lo abordaba incluso en la mesa de un bar, su respuesta siempre dispuesta.

Siendo todavía alumna participé como observadora en un Seminario de

psiquiatría que dictó en el Hospicio Borda. Allí me impactó su capacidad de

recepcionar serena y afablemente las múltiples demandas de los psicóticos que

deambulaban por los pasillos y jardines del Hospicio: “una moneda”, “un

cigarrillo”, “papá”, etc. Pichón los dejaba acercarse, los tocaba, les pasaba un

brazo sobre los hombros, les palmeaba la cabeza, abrazaba cariñosamente a

“Coquito”, un microcéfalo famoso en el Hospicio, y todo espontáneamente sin

ningún tipo de aprensión, como cualquiera podría hacerlo con un grupo de

jóvenes que se acercara a bromear.

Era muy espontáneo y locuaz también en relación con su vida privada.

Recuerdo una ocasión en que íbamos en un taxi todo el equipo apretujado

porque era invierno y llevábamos tapados, sobretodos, etc. Se comenta en un

momento el arcabuz antiguo que le regaló a uno de sus hijos varones: “Sí -dijo

Pichón-, para ver si mata a su mujer”. Por supuesto todo terminaba con

exclamaciones y risas.

Tenía una extraordinaria capacidad de lectura de lo latente a partir de mínimos

indicios. Un verano, en Gesell, fui a visitarlo a la casa donde residía. Bajé de mi

auto y me acerqué caminando al porche de la casa donde estaba Pichón

sentado en un sillón. Cuando me incliné para besarlo me dijo casi al oído: “a

vos te pasó algo bueno”. Me quedé sorprendida, pensando. La noche anterior

había conocido a un hombre que me había gustado y que sería luego mi

primera pareja después del divorcio.

Tenía una insólita capacidad para metaforizar. Vino a mi casa una primavera y

al invitarlo a ver “los malvones que habían florecido en mi balcón” me dijo –

“parecés una adolescente a quien le vino la menstruación”-.

Pichon Rivière tenía un don por el cual era muy fácil entrar en transferencia con

él. En una oportunidad lo invité a cenar. Hacía dos o tres semanas un coche

había pisado a la perrita fox terrier de mi hija mayor que en ese momento

tendría tres años. Ella había llorado en un primer momento pero no había

vuelto a hablar del hecho. Cuando entra Pichón a mi casa los presento, mi hija

lo mira y le empieza a contar que su perrita se había soltado de la correa, que

había corrido a la plaza y un coche la había pisado. Pichón la escuchaba

atentamente.

Como Director de la Escuela estaba siempre dispuesto a acceder al pedido de

supervisiones o consultas relativas a clases, análisis de crónicas grupales,

etcétera.

En 1975, vísperas del golpe militar y de la dictadura sangrienta de Videla,

Pichon fue amenazado por la Triple A (grupo paramilitar de ultraderecha que

actuó, durante el gobierno de Isabel Perón, con el mismo estilo de los Grupos

de Tareas del Ejército quienes durante el gobierno de facto secuestraron,

hicieron desaparecer y mataron con total impunidad a miles de personas).

A través de llamados telefónicos (como solían hacerlo) le ordenaron cerrar la

Escuela e irse del país. Pichon Rivière, criado en una cultura aguerrida como la

guaraní de Corrientes, hizo caso omiso a la amenaza y la Escuela siguió

abierta. Se juzgó, de todas maneras, que por precaución durante la noche no

permaneciera en su departamento (la mayoría de los secuestros solían ser

nocturnos). Como yo vivía con mi pequeña hija a dos cuadras de distancia, Ana

Quiroga me consultó acerca de la posibilidad de que durmiera en mi

departamento. Pichon Rivière estaría durante el día en su departamento

trabajando y a la noche yo lo iría a buscar para llevarlo a cenar y luego a dormir

hasta la mañana en que pasarían a buscarlo alrededor de las 9.

Esto implicaba para mí, que estaba divorciada, separarme de mi hijita a quien

no quería arriesgar y que por lo tanto iría a vivir temporariamente con su padre.

Los pocos días que conviví con él fueron agotadores. Nuestro itinerario solía

ser, un poco más o menos, el siguiente: al caer la noche siempre tenía una

conferencia, o un reportaje o una inauguración de plástica donde se esperaba

su crítica, luego íbamos a cenar a Edelweis, su lugar favorito, a continuación a

las librerías de la calle Corrientes, luego a un café y finalmente a recorrer

Buenos Aires en auto: “llevame a tal calle de Belgrano, y luego a tal sitio y

luego a otro y otro y otro”. A mí me habían recomendado que tratara que

Pichón se acostara temprano, pero cada vez que yo insinuaba que ya era hora

de regresar él golpeaba el bastón contra el piso del auto y ordenaba ir a un

nuevo sitio. A las cinco de la mañana llegábamos finalmente al departamento y

me invitaba: “¿Vos no querías supervisar la clase sobre Narcisismo?”, “Sí,

Pichón, pero, ¿ahora?”, “Sí”, y comenzábamos nuevamente. Me pedía libros de

la biblioteca, consultábamos mitos griegos: “Leé”. A las seis o seis y media de

la mañana se iba a la cama, no sin antes recorrer la biblioteca y llevarse varios

libros de los más variados temas. A las nueve lo pasaban a buscar y si bien era

difícil levantarlo lo hacía, trabajaba todo el día y a la noche ¡vuelta a empezar!

Yo generalmente comenzaba mi día laboral a las ocho de la mañana. A los

pocos días de convivencia, la energía arrolladora de Pichón (quien ya tenía

casi setenta años) me hacía temer por mi salud, a lo que se sumaba que

extrañaba enormemente la cotidianidad con mi hija, aún pequeña. Sucedió

entonces que mi hermano menor se fue a trabajar a Brasil y su departamento

quedó desocupado, por lo que lo ofrecí como hogar temporario de Pichón quien

lo utilizó durante el tiempo que se juzgó prudencial.

Tenía mucho sentido del humor y una disposición lúdica a flor de piel. En una

fiesta de cumpleaños (creo que mis 33 años) luego de bailar tangos y

chamamés, el disc jockey puso la Marcha de San Lorenzo y Pichon en la pista

parodió un desfile militar. La única foto que conservo junto a él fue la de esa

fiesta, bailando juntos un tango. No nos preocupábamos por retener los

momentos vividos con él a través de fotos. Tal vez como dice Borges de

Buenos Aires, “lo juzgábamos tan eterno como el sol y el aire”.

En 1977 se le festejaron “Los primeros 70 años del maestro” en el Teatro Sha.

Fue un evento multitudinario. El teatro estaba repleto. Pasaron al escenario,

para rendirle homenaje, una diversidad de personas realmente notable:2

poetas, psiquiatras, psicólogos sociales, psicoanalistas, actores, comentaristas

deportivos, compositores de tango, artistas plásticos; recibió telegramas y

cartas desde el exterior que se leyeron por micrófono. Se interpretaron escenas

de obras de teatro, se leyeron los poemas de Maldoror del Conde de

Lautréamont, actuaron conjuntos de música, actores recitaron poemas, hubo

palabras de homenaje de sus múltiples alumnos, etc. Fue un hermoso acto que

se desplegó cual inmenso y vivo collage con una intensidad y heterogeneidad

que hacia honor a su estilo.3

Recuerdo la escena final: Pichón, de pie, acodado en el escenario, mirando

hacia la platea que ovacionaba y aplaudía interminablemente. Era la escena

del hombre y su obra: su figura delgada, frágil ya, pero firme, sosteniendo de

pie, receptivo, serenamente, lo que sus discípulos expresaban en su homenaje.

Todo el festejo tuvo la emoción de una despedida. Todos lo sabíamos. A los

quince días moría.

(1) E. Pichon Rivière funda su Escuela de Psiquiatría Dinámica en 1953 y la

destina a la formación de médicos, psiquiatras, psicólogos o alumnos

avanzados de estas disciplinas. En 1967 decide re-fundar su Escuela como

Primera Escuela Privada de Psicología Social.

(2) Tato Pavlovsky, Federico Luppi, Homero Espósito, Ulises Barrera, Hernán

Kesselman, Salomón Resnik, etcétera.

(3) Angel Fiasché dijo: "Sus discípulos no están cortados con la misma tijera".

Ello es una prueba de su rol de maestro, de transmisor de un ECRO específico,

pero desde una actitud fuertemente motivante de la creación y no de la

repetición.

2018-09-11T14:17:56+00:00 Gladys Adamson, Textos|