La Violencia (Tercera parte)

Biblioteca digital

María del Rosario Crespo

TERCERA PARTE: Abordajes desde la psicología social

3.1. Introducción
La psicología social aborda el tema de la violencia desde su concepción de la sociedad y el individuo como una trama que no puede ser fragmentada. Los sociólogos coinciden con esta concepción desde los primeros tiempos de la fundación de su ciencia, cuando Durkheim planteaba la influencia del lazo social en la vida de los individuos y cómo éste era sostenido por diferentes formas de solidaridad.
La sociedad, sostiene Freud, constituye una trama de relaciones vinculares, que son –al mismo tiempo simbólicas, políticas, económicas y tecnológicas; por ese motivo, en la vida anímica del individuo el otro está siempre presente, ya sea como modelo, como objeto, como auxiliar o como enemigo. En Psicología de las masas y análisis del yo, relaciona al sujeto psíquico con las formaciones colectivas. Se refiere al “bindung” (lazo) que une a las personas y afirma que la psicología es siempre social.
La subjetividad es social para PichonRivière, al mismo tiempo singular y emergente de las tramas vinculares. Toda sociedad, como expresa Gladis Adamson, necesita constituir subjetividades que la reproduzcan para asegurarse una mínima universalización de modelos de percibir, organizar y valorar la realidad, además de modelos de reacciones y modelos de hacer.
Cornelius Castoriadis sostiene que tanto los colectivos humanos como las psiques singulares tiene una imaginación radical capaz de producir significaciones sociales. Estas significaciones constituyen la institución social, que a su vez instituye la sociedad. Existe un “magma de significaciones disponibles” en un momento dado, de donde los colectivos eligen una forma de ser “sociedad”.
Los hombres, según Castoriadis, son producidos en y por un mundo que los preexiste, por lo que naturalizan la existencia del mundo social. Por eso propone desnaturalizar las teorías que definen la subjetividad por medio de una elucidación crítica de las significaciones sociales. Castoriadis dice: “las significaciones sociales se inventan”. Lo psíquico y lo social son creados en el mismo acto, por eso uno no puede ser explicado desde el otro (son irreductibles). Castoriadis propone el trabajo de elucidación de las significaciones imaginarias sociales como parte de un proyecto de autonomía que incluye el trabajo del psicoanálisis y el trabajo político ya que no concibe un sujeto autónomo en una sociedad que no lo sea.
Michel Foucault desarrolla el concepto “modo histórico de subjetivación”, que puede ser aplicado para comprender fenómenos diversos. Los autores de determinados actos de violencia, por ejemplo, pueden ser considerados inimputables en un sistema jurídico y criminales en otros; en ambos casos, tal consideración deriva en acciones de normalización y control social.
El concepto “modo de subjetivación” fue desarrollado por Foucault a partir de las cuestiones de los disciplinamientos y de las técnicas de sí. Su concepción de la subjetividad que no requiere un sujeto trascendente, (ni un garante universal al modo divino ni una reducción al sujeto psicológico). Subjetividad, para él, es el modo en que el sujeto hace la experiencia de sí mismo. Los problemas de la subjetividad –según propone Raquel Bozzolo, acordando con la posición foucaultiana constituyen un campo de reflexión que intenta pensar las formas de existencia de los sujetos producidas por ciertas prácticas sociales conformadas como dispositivos.
La sociedad influye en la conformación subjetiva. Si bien tal afirmación no exime del análisis del complejo anudamiento significante que se produce en determinadas familias y grupos sociales, requiere observar los atravesamientos y transformaciones del tema en diferentes momentos de la historia. Se requiere concebirla como parte de un dispositivo social.
Las acciones sobre los individuos afectan a la sociedad y, recíprocamente, las acciones ejercidas sobre grupos e instituciones o sobre el cuerpo social completo afectan la subjetividad individual. Toda violencia es, entonces, social y política: si es ejercida sobre los individuos afecta al cuerpo social y, del mismo modo, la violencia ejercida desde los grupos sociales y los centros de poder llega a los individuos. Dado que el individuo es un personaje en una trama de la que, al mismo tiempo, es portavoz, los abordajes de la psicología social recorren estas tramas que van desde los casos individuales hasta las macroestructuras sociales y viceversa.
Esta concepción de la violencia desde el punto de vista de la psicología social nos lleva a profundizar el tema desde una perspectiva sociopolítica, es decir, a considerar cómo se ha desarrollado la violencia en nuestro país, desde sus orígenes y cómo ha comenzado a manifestarse la violencia en el mundo a partir de la globalización. Sólo a través de la comprensión de estos contextos podremos aproximarnos a un trabajo terapéutico profundo con instituciones, grupos e individuos.

3. 2 La violencia en la Argentina

3.2.1. Los comienzos
La sociedad argentina ha estado atravesada por la violencia desde sus orígenes. Desde su constitución nuestro país vivió conflictos violentos. Partimos de una conquista del territorio por parte de colonizadores europeos seguida de una sistemática apropiación de bienes y vidas de los nativos de estas tierras. Las guerras por la independencia fueron seguidas por décadas de anarquía, donde se vivieron enfrentamientos constantes entre diferentes territorios, además de la violencia terrorista, organizada por el Estado, en grupos parapoliciales como La Mazorca rosista o en bandas lideradas por caudillos regionales. La Guerra contra el Paraguay significó la muerte no sólo para miles de paraguayos, cuyo país fue devastado, sino para argentinos, la mayoría de los cuales pertenecía a minorías étnicas, como los negros o los gauchos.
La consolidación de un proyecto de país vino de la mano de las Campañas al Desierto, como se llamó a la sistemática conquista de territorios indios para ser incorporados al nuevo capitalismo que se expandía por el mundo, al que la argentina se iba a incorporar como país agroexprotador. El desarrollo de la industria llevó a nuevas formas de violencia social. Las leyes de residencia permitían la fácil expulsión de extranjeros y la represión era el mecanismo generalizado para detener las manifestaciones de descontento.

3.2.2. La difícil democratización
A pesar de la democratización del país, tras la Ley Saenz Peña, la violencia social cobraba víctimas. En enero de 1919, con motivo de una huelga en un establecimiento metalúrgico, se produjo una serie de incidentes violentos entre los huelguistas y la policía que reprimió con ferocidad. El Ejército, que se encargó también de la represión, contó con la colaboración de grupos civiles armados, organizados desde el Círculo Naval, que se dedicaron a perseguir a judíos y catalanes. La Semana Trágica –así se la llamó galvanizó a los trabajadores de la ciudad y de todo el país. Lejos de disminuir, el número y la intensidad de las huelgas aumentaron y coincidieron con un pico de movilizaciones rurales, por lo que el gobierno encaró una fuerte represión. Algunas de estas represiones alcanzaron triste celebridad, como en el caso de la Patagonia.
Por más que los gobiernos radicales se propusieron –y, en cierta medida, lograron, realizar un gobierno liberal, con posibilidades de progreso para las clases medias, la desigualdad social –principal causa de violencia continuaba vigente. Los sectores propietarios, derrotados en 1916, conservaron inicialmente mucho poder institucional y todo su poder social. La Liga Patriótica Argentina fue la primera expresión de su reacción. Contaba con gran capacidad para movilizar vastos contingentes de la sociedad en defensa del orden y la propiedad y la reivindicación chauvinista del patriotismo y la nacionalidad. También fue notable su capacidad para organizar gran número de ‘brigadas’, que asumían la tarea de imponer el orden a palos y para presionar al gobierno.
En estos movimientos de derecha estaba el germen de los golpes de Estado que tuvieron en vilo al país desde 1930 e impusieron la sangrienta dictadura que ocupó el poder desde 1976 hasta 1983. Todos estos hechos están grabados en la memoria colectiva de los argentinos así como los violentos enfrentamientos en torno a la figura de Juan Domingo Perón y, especialmente, la violencia de la última dictadura militar, cuyas secuelas de tortura, desapariciones, apropiación de menores han dejado traumas profundos en nuestra sociedad. En el apartado sobre la violencia en la sociedad nos referimos a estos tipos de violencia –amenaza, desaparición, impunidad, exilio, masacre, secuestro y sus secuelas.

3.2.3. El Proceso de Reorganización Nacional
El gobierno militar que se adueñó en la década de 1970 del aparato del Estado, instaló en nuestro país dos dictaduras: una política, proveniente de la fuerza militar argentina y otra económica en una sumisión tal a los intereses del capital internacional que llegó a ser conocida popularmente como “relaciones carnales”. Este gobierno impidió toda forma de disenso, impuso la obediencia a una entidad invisible y desarrolló la estrategia del terror con efecto multiplicador sobre las mentes.
Como en otros países de América Latina, el neofordismo (capitalismo tardío y cultura posmodernista) fue instalado en la Argentina después de la acción represiva de una dictadura (19761983). Estuvimos a merced de un pequeño grupo que se erigió narcisísticamente en representativo de la totalidad del país y desde la violencia asumió la ilusión de su representatividad. Inducían sentimientos de culpa, revertían la responsabilidad a la familia: “¿sabe qué está haciendo su hijo ahora”?, preguntaban las propagandas. La inducción a dar por muerto al desaparecido, por la ley de presunción de fallecimiento aprovechándose de la necesidad de disponer de sus bienes. El establecimiento de la disidencia política como una falta de adaptación social. La desaparición de una persona como prueba de su culpabilidad. La inducción al olvido y la dilución de las responsabilidades.
Al respecto, afirman Diana Cordón y Lucila Edelman: “Nadie puede excluirse, todos fuimos afectados; no hubo sector social e individuo que quedara ileso en un país donde treinta mil personas fueron borradas de su vida cotidiana, donde el registro de sus destinos se interrumpía a partir del secuestro sin consideración de ley alguna que diera cuenta de lo corrido; en un apís donde miles de personas permanecieron por muchos años detenidas, en condiciones inhumanas y torturadas sistemáticamente; en un país donde miles de familiares y amigos de las víctimas directas vivieron en angustiosa espera e interrogación constante (…). A cada desparecido corresponden muchas otras desapariciones. Desaparición de la libertad de pensar, de actuar, de producir, de crear, de gozar (…). El cuerpo social fue herido en sus entrañas simbólica y concretamente”
Este aparato estatal terrorista puesto al servicio de una opresión económica marcó un camino del que no lograron desviarse los gobiernos democráticos posteriores. Con treinta mil muertes (tal es el número de los desaparecidos) y una memoria del terror, la capacidad de rebeldía del pueblo argentino quedó deteriorada. La violencia económica arrasó con el aparato productivo local y así llegamos al tercer milenio con la mayoría de la población por debajo de la línea de pobreza, un porcentaje significativo bajo la línea de indigencia y la paradoja de la desnutrición en un país que produce alimentos que podrían abastecer a la población mundial.
Carmen Rodríguez Salgado explica: “Durante el Proceso, los terapeutas nos sentíamos abrumados par relatos de algunos de nuestros pacientes que habían sido detenidos. El tema más difícil por la intensa repercusión emocional era el relato de torturas (…). Por momentos, quedábamos casi totalmente atrapados dentro de la fascinación de la muerte y el horror. Tuvimos que aprender a defendernos de las ansiedades que estas narraciones nos provocaban: paralización, confusión, serie dificultad para pensar y asociar. Nuestra formación no había incluido esa problemática. carecíamos de esquemas teóricos y los instrumentos que poseíamos estaban altamente afectados”
Los terapeutas se vieron enfrentados a la necesidad de afrontar ese “imposible saber” de personas que habían sufrido ofensas narcisistas tan irreparables que no encontraban palabras para traducir sus sentimientos.
Esta situación puso a prueba la capacidad terapéutica para contener, soportar y operar. Por es motivo, Salgado recomienda nunca aislar el espacio terapéutico de la realidad social y no permitir que frente a la agresión se instaure el silencio.

3.2.4. La década del ’90 y sus secuelas
La década de 1990, durante los gobiernos menemistas, terminó con la destrucción del aparato productivo, la privatización de los servicios públicos, un profundo endeudamiento externo, además de la instalación de sistemas mafiosos que reúnen políticos, policías y delincuentes comunes en una intrincada red difícil de desmantelar. El gobierno radical (19992001) tuvo que dejar el gobierno que se había vuelto inmanejable, tras la expropiación de los ahorros por parte del sistema financiero, los saqueos y la oposición del partido peronista. En enfrentamientos populares que costaron más de una decena de muertos se inició un nuevo periodo de gobiernos justicialistas que, pese a reiteradas promesas de cambio, continúan con la política de corrupción y de sometimiento a las entidades capitalistas globalizadas.
Una de las consecuencias de esta situación es el aumento progresivo del delito. Este aumento de la delincuencia golpea por igual a los diferentes sectores sociales pero ha generado la alarma en los sectores medios altos y altos, dado que muchos de sus miembros han sido víctimas de asaltos violentos y secuestros extorsivos.
Es posible trazar un puente entre el aumento de la violencia social en la Argentina y la represión de los ’70. La situación de desprotección social que vivió la sociedad es generadora de miedo y escepticismo respecto al futuro. El empleo de la tortura, las prácticas policiales abusivas y corruptas, las violaciones, la agresión de patotas puede relacionarse con los modelos represivos del período dictatorial y a la situación de impunidad. De hecho, muchos secuestros extorsivos y otros delitos son cometidos por delincuentes que sus víctimas asocian por su lenguaje y su comportamiento con los encargados de la represión en aquellos tiempos. En muchos casos tales presunciones han sido comprobadas cuando se ha detenido a los delincuentes.
No es éste el análisis que acostumbran a hacer las nuevas agrupaciones que luchan por la seguridad. De estos sectores provienen a menudo pedidos de “mano dura” contra los delincuentes y mayor poder para que la policía reprima a la población, imperativos que revelan un análisis incorrecto de la situación social argentina.
Los emergentes sociales que lideran estas “campañas contra la impunidad” son, por lo general, víctimas de secuestros extorsivos de familiares. Padres y madres que han tenido que sufrir el cautiverio de sus hijos y en algunos casos el asesinato se han puesto al frente de movimientos de reclamo con efectos políticos, legislativos y sociales y con fuerte respaldo por parte de la sociedad.
El más importante de estos padres que reclaman por justicia es Miguel Blumberg, que ha llegado a lograr una posición de liderazgo mediante la firma de petitorios y las convocatorias a manifestaciones en plazas públicas. Su reacción frente a la muerte de su hijo Axel despertó una inmediata corriente de simpatía en la sociedad, que se solidarizaba con su pérdida. Nuestro país, a pesar de sus transformaciones, sigue otorgando a la familia –especialmente a las relaciones entre padres e hijos una enorme importancia. Fueron muchos los que se conmovieron y los que consideraron que la suya era una lucha heroica.
Blumberg, dijimos, sufrió el secuestro de su hijo, la impunidad de sus asesinos y la amenaza de sufrir otros delitos en lo sucesivo por parte de bandas delictivas. Su condición de víctima lo llevó a convertirse en líder de otras víctimas de delitos y en abanderado de la lucha contra la “inseguridad”, concepto que –a la luz del uso que se hace de ésta en nuestra sociedad puede definirse como el temor provocado por la amenaza de ser atacado por delincuentes comunes.
En búsqueda de esa seguridad, Miguel Blumberg exigió una serie de medidas a los legisladores quienes –le dieron rápida aceptación, debido a la gran convocatoria del petitorio y a la campaña mediática a que dio origen. Este acceso de una persona común a las decisiones del Congreso sería impensable en un país con instituciones más consistentes, donde no se supone que legislen las víctimas de delitos.
La exposición mediática de Blumberg no tardó en dejar al descubierto puntos fundamentales de su ideología, relacionadas –como adelantamos con mayor exigencia de “mano dura” (leyes penales más severas) y aumento del poder de represión policial. Ideología con muchos seguidores en la clase media alta y alta de nuestro país,
Cualquier argentino que haya vivido en la Argentina los últimos cuarenta años puede reconocer el itinerario ideológico del grupo social al que Blumberg representa. Es el grupo de personas que apoyó la represión militar de la década del ’70, convencidos de que el país necesitaba orden. Son partidarios del capitalismo salvaje y de la nointervención del Estado en temas económicos. Consideran que los desaparecidos de la dictadura merecían el daño sufrido porque “algo habrán hecho”, “en algo andarían”, negando o aceptando la existencia del terrorismo de Estado.
Por lo general, los partidarios de esta ideología sienten repulsión por los defensores de los derechos humanos y se niegan a ser asociados con ellos, a pesar de que es mucho lo que tienen en común. Organizaciones como Madres de Plaza de Mayo también reclaman por el asesinato de sus hijos y contra la impunidad. La madre de otro joven secuestrado legó a plantear, directamente, un abierto antagonismo contra los organismos de defensa de derechos humanos cuando criticó al presidente del país con la frase “no puede ocuparse de nuestros hijos porque estará fundando otro “museo de la memoria”, en referencia al museo inaugurado recientemente en recuerdo de los desaparecidos por la dictadura.
De este modo se traza una línea que divide a la sociedad: de un lado están “los hijos de los otros” (subversivos que se levantaron contra el orden político y merecieron ser reprimidos) y del otros “nuestros hijos”, esto es, parte de familias trabajadoras y decentes que jamás se metieron en política y que merecen ser protegidos por el Estado.
El grupo social que reclama “seguridad” en estos términos se niegan a entender que en el accionar represivo de las fuerzas policiales como parte del terrorismo de Estado en los ’70 está el origen de la corrupción policial que hoy día –ligada al poder de los punteros políticos está poniendo en peligro la tranquilidad de los ciudadanos. Se han comprobado tantos casos de corrupción policial y de acción conjunta de policías y delincuentes en nuestro país que un saneamiento de la policía sería requeriría un recambio generalizado.
Se niegan asimismo a reconocer la existencia de un hilo conductor entre la “inseguridad” y el capitalismo salvaje, el empobrecimiento material y espiritual de la mayor parte de la población y la corrupción política y policial.
¿Por qué nuestro país ha llegado a este antagonismo entre víctimas? ¿Por qué los padres de víctimas de la inseguridad y de las víctimas del terrorismo tienen visiones antagónicas cuando, de hecho, ambos grupos querrían apostar por una ética de la paz?
Este enfrentamiento ideológico es consecuencia de la impunidad. Nuestro país pasó de gobiernos dictatoriales a democráticos sin que el poder económico cambiara y sin que los crímenes de lesa humanidad y tantos otros cometidos durante la dictadura se resolvieran con justicia y equidad. En lugar de eso, una serie de negociaciones políticas puso fin a los procesos de saneamiento de la vida pública.
La reconstrucción del tejido social y el fortalecimiento de una ética de la paz sólo puede lograrse mediante el esclarecimiento pleno de los hechos. Sin memoria y justicia no pueden lograrse. Por eso las leyes de Punto Final y Obediencia Debida que consagraron, en nuestro país, las violaciones a los derechos humanos cometidas por la dictadura (19761983), son aberrantes desde el punto de vista social. La posibilidad de “borrón y cuenta nueva”, que es sólo una estrategia para que queden impunes los delincuentes, de ningún modo permite la conciliación.
Los argentinos que sonábamos con una sociedad evolucionada y pacífica, que se aproximara a la de los países más avanzados de Europa, vemos con horror que nuestro país se parece cada vez más a Colombia.

3.3. La violencia global
Desde la década de 1990, el mundo entero está padeciendo una escalada de violencia globalizada, donde la humanidad transgrede cada vez más límites, como observamos en la Guerra del Golfo, la guerra balcánica, la destrucción de las torres gemelas de Nueva York (2001), el ataque y conquista de Afganistán y la actual ocupación del territorio de Irak o la masacre de niños en Rusia, por parte de terroristas independentistas chechenos (2004), por citar solamente los casos más resonantes.
Los asesinatos en escuelas, producido por adolescentes psicológicamente perturbados, tienen su origen en la proliferación de armas y una extraordinario efecto mediático, fenómenos característicos de la sociedad globalizada.
Estas situaciones de extrema violencia –terrorismo de Estado, conquista de países para saqueo de sus riquezas naturales, organizaciones terroristas y delictivas sin respeto alguno por la vida humana son posibles porque, como explica Puget, la sociedad posmoderna determina el predominio de la lógica capitalista sobre la democrática. Y la lógica capitalista es una lógica depredatoria, que invade relaciones sociales transformándolas en mercancías. La globalización es el mayor estado de expansión de esa lógica. Por ende, la violencia también se ha globalizado.
La globalización implica la integración de las economías nacionales en sistemas abiertos e interdependientes, sujetas a los efectos de la libertad de los mercados, las fluctuaciones monetarias y los movimientos especulativos de capital. La globalización es la forma en que se manifiesta actualmente el imperialismo y la consecuencia lógica de las tendencias del capitalismo desde finales del siglo XIX, cuando sobre todo en Estados Unidos empezaron a aparecer grandes corporaciones de responsabilidad limitada que tenían un enorme poder financiero. La tendencia hacia el control corporativo del proceso productivo llevó a la creación de acuerdos entre empresas, monopolios o trusts que permitían el control de toda una industria.
Durante el periodo posterior a la crisis económica de 1930, consecuencia, en gran medida, de la Segunda Guerra Mundial, la necesidad de recomponer la economía estadounidense llevó a su presidente Franklin D. Roosevelt a reestructuró el sistema financiero para evitar que se repitiesen los movimientos especulativos que provocaron el crack de Wall Street en 1929. Esta intervención del Estado en los temas del mercado para recuperar el bienestar de la sociedad se conoce como “new deal” o política keynesianista, ya que sigue alguna de las conclusiones vertidas por John Maynard Keynes, en La teoría general del empleo, el interés y el dinero (1936).
En Estados Unidos y otros países se aplicaron medidas protectivas para fomentar la negociación colectiva y crear movimientos sociales de trabajadores que dificultaran la concentración del poder económico en unas pocas grandes corporaciones industriales. El desarrollo del Estado del bienestar se consiguió gracias al sistema de la Seguridad Social y a la creación del seguro de desempleo, que pretendían proteger a las personas de las ineficiencias económicas inherentes al sistema capitalista.
Sin embargo, tras la recuperación de las principales potencias después de la posguerra, el Estado de Bienestar fue quedando atrás, los monopolios recuperaron su vigor y surgió el capitalismo salvaje y un imperialismo desembozado que lleva hoy a situaciones como la conquista de Irak, el sometimiento de Chechenia o la expropiación de bienes en la Argentina por parte de empresas “privatizadas”, eufemismo para denominar la apropiación de recursos locales por parte del capital internacional.
Durante la década del ’70 la existencia de gobiernos keynesiasinstas en América Latina ya no fue tolerada por los intereses internacionales que, unidos a fuerzas locales anticomunistas y antisocialistas, establecieron gobiernos represivos. De estos movimientos surgió el endeudamiento y la sumisión de la región, con niveles alarmantes en nuestro país, uno de los más sumisos a las directivas del capital internacional.
La globalización no sólo causó el aumento de la desigualdad sino el aumento de la inseguridad: armas, violencia, prostitución, corrupción. Significó también el avasallamiento de la diversidad. La política cultural estadounidense convierte a los demás países en presas culturales. En la Argentina, por ejemplo, las películas que no sean de esa nacionalidad tienen severos obstáculos para encontrar salas que las proyecte, situación que afecta incluso a las películas nacionales, mientras que la mayor parte de los programas que se emiten por cable tienen origen en Estados Unidos y reflejan el modo de vida de su población.
La sociedad globalizada tiende a la fragmentación de las significaciones sociales, a la fragmentación, a la anomia, a la pérdida de valores. Las identidades se desdibujan. La incertidumbre tiende a apoyar medidas autoritarias y a descreer de la democracia, la tolerancia y la libertad. El Estado benefactor se ha reducido al Estado mínimo.
Jean Baudrillard explica como el sistema fue atacado por el terrorismo durante los atentados que destruyeron las torres gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001, cuando una arquitectura fue alcanzada al mismo tiempo que un sistema de valores y un orden capitalista del mundo, en el que la competencia ha desaparecido a favor de las redes y del monopolio.
El filósofo francés encuentra un paralelismo entre la ceguera del terrorismo y las de esta arquitectura: el terrorismo es ciego pero también lo eran las torres, monolitos sin fachada ni rostro, que no se abren al exterior y están sometidos a un condicionamiento artificial. Estos monstruos arquitectónicos, afirma, han ejercido siempre una fascinación ambigua, un sentimiento contradictorio de atracción y repulsión y, por consiguiente, en algún lugar, una tentación de romper su simetría, una voluntad secreta de verlos desaparecer. La escalada de poder de una potencia exacerba la voluntad de destruirla. La literatura y el cine dan viva cuenta de ese fantasma.
El mundo entero quedó consternado ante este acontecimiento porque, habitualmente, en nuestro universo mediático, la imagen está en lugar del acontecimiento, como ocurrió, por ejemplo, en la Guerra del Golfo. En estos casos, la imagen es una violencia ejercida contra el acontecimiento. En la destrucción del Worl Trade Center (WTC), al contrario, hubo una sobrefusión de los dos, del acontecimiento y de la imagen, lo cual produjo un plus de realidad. En ese estado extremo la imagen y el acontecimiento se tornan inimaginables. En lugar de producir una información o generar una información premeditadamente “real”, este hecho produjo una incertidumbre inmensa, al romper la sucesión lineal de los hechos y la sucesión también lineal, ininterrumpida, de las imágenes.
La caída de las torres gemelas había sido imaginada muchas veces como escenario por Hollywood o por la CIA, pero los escenarios virtuales no pueden agotar el acontecimiento en sí porque las cosas son del orden de la continuidad de las causas y de los efectos, mientras que el acontecimiento es del orden de la discontinuidad y la ruptura.
Baudrillard cuestiona la hipótesis que explica el terrorismo en función del resentimiento de los pueblos menos favorecidos, porque le otorga una razón histórica, una causa objetiva, una vía de acción política y un reclamo de discusión acerca del orden del mundo. El filósofo, en cambio, cree que el terrorismo no tiene objetivos ni sentido. Mientras que el mundo capitalista está saturado de sentido, de finalidad y de eficacia, el terrorismo produce acontecimientos precisamente por ese sinsentido. Dado que es imposible vencer al sistema en término de relación de fuerzas, desplaza la lucha hacia la esfera simbólica donde la regla es el desafío. El terror no posee un fin, por eso es más violento que la violencia. No conlleva alternativas ideológicas.
Las víctimas y destrozos causados por el terrorismo son sustancialmente menores que las que traen las guerras y las invasiones, sin embargo provocan una convergencia gigantesca. Por eso el poderío visible no puede evitar el efecto de esas muertes ínfimas (si se las compara con las que él mismo causa) pero simbólicas de algunos individuos. La aparición de una muerte más que real simbólica y sacrificial es un acontecimiento absoluto e inapelable. El sistema mismo ha creado las condiciones objetivas de esta reacción brutal al tomar para sí todas las cartas, obliga al otro a cambiar las reglas de juego.
El estallido del sistema único actualmente imperante podría dar paso –según las consideraciones de Jean Baudrillard a las singularidades, que no son, necesariamente, violentas: puede tratase de la delicadeza de las lenguas, del arte, del pensamiento. Las reflexiones de Edgard Morin también avanzan en ese sentido .
Morin reflexiona sobre la globalización como parte de un proceso de expansión europea que comenzó con el Renacimiento. La conquista de América abrió las puertas a la explotación, la colonización y la esclavitud. Este proceso imperialista corre parejo con una ideología ligada al positivismo y al capitalismo que ha dado lugar a los intentos de anular toda diferencia y a la transformación de personas y relaciones en mercancías, la proliferación de la violencia y la destrucción del medio ambiente.
Morin recomienda romper con la noción de “desarrollo”, que busca imponer en el mundo un modo de vida único. Un orden fundamentalmente técnico, que ignora lo que no puede ser medido, como el sufrimiento, la calidad de vida, la estética, las relaciones con el ambiente; que no tiene en cuenta las riquezas humanas no calculables, como la generosidad, los actos gratuitos, el honor o la conciencia; que barre con los tesoros culturales en nombre del mito del progreso que incluye el mito de ser los únicos propietarios de la razón.
El desarrollo técnico económico produce subdesarrollos morales y psicológicos ligados a la hipertrofia individualista. Es lógico que la humanidad haya perdido la fe en la ciencia y la confianza en sí misma. Cuando, como anticipara Marx, el capitalismo ha destruido las relaciones caracterizadas por la gratuidad, aparecen fenómenos como el integrismo, el fundamentalismo y el nacionalismo que toman formas extremas de defensa de la singularidad.
Millones de seres humanos están privados de los derechos fundamentales y sufren injusticias. Los terroristas y los Estados Unidos se embarcan en una lucha donde el poder tiende a acumularse y cada vez son más los desposeídos. Al no poder declarar la guerra al terrorismo, la superpotencia violenta y depreda un Estado tras otro: Afganistán, Irak y –probablemente pronto Palestina.
La inmadurez de los Estados nacionales torna algo utópica la necesidad de conformar una asamblea de Estados que puedan tomar la autoridad transferida por cada nación, por eso se requeriría una verdadera metamorfosis para que la globalización fuese reencauzada hacia un futuro mejor, regida por una asociación de naciones y no por una potencia superpoderosa

3. 4. Los destituidos
Uno de los abordajes más interesantes del tema de la violencia ha sido realizado por Janine Puget. Su lectura de la realidad proporciona un punto de partida y un eje firme a partir del cual pensar este tema tan complejo y actuar en consecuencia.
Su enfoque pone de relieve la existencia de las víctimas de la violencia política y económica de nuestro país, a quines que ha dado en

Vías de contacto

DEPARTAMENTO DE COMUNICACIÓN

Departamento de estudiantes

Departamento de pagos

Secretaría Académica

Dirección de Estudios

Departamento de egresados

CAMPUS VIRTUAL

Secretaría contable